
APRENDER CON ALEGRIA
Una familia es una pequeña experiencia de comunidad. Pero, ¿Qué pasa cuando esa comunidad decide, como cuerpo, contribuir a la comunidad mayor?
Sucede que ambas salen fortalecidas porque el enriquecimiento es de doble vía. La segunda por la intervención concreta en la mejora de su calidad de vida. La primera, porque accede a una experiencia de plenitud que uno no puede alcanzar sólo por sí mismo.
Un poema de Octavio Paz lo dice de una manera inolvidable: “Para que pueda ser, he de ser otro; salir de mi, buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia”.
Esto es posiblemente lo que intuyen las familias que inician, como tales, una actividad solidaria.
La motivación inicial puede provenir del contagio espiritual de un amigo que ya se dedica a ello, de la voluntad de retribuir a la sociedad algo de lo que se ha recibido, del intento de ayudar de alguna manera a los demás ante la inequidad que vive el país.
Una familia que ayuda a construir una casa para otros que no la tienen, difícilmente luego se afligirá por cosas banales que le ocurran en su propio hábitat.
El valor de la otredad es ése: al contribuir a ella, se resignifica simultáneamente lo propio.
Quienes llevan adelante estas experiencias cuentan el inmenso aprendizaje que supone para todos los miembros. Pero no se trata sólo de una experiencia de aprendizaje sino también de alegría. Esa familia que, adolescentes incluidos, ayuda solidariamente, ha dejado de ser el último eslabón de una cadena y sienten que se integran a algo mayor.
Es tal vez, la alegría del cumplimiento de un mandato profundo, comprendido súbitamente de manera colectiva.
Fuente: Enrique Valiente Noailles
Filósofo
Una familia es una pequeña experiencia de comunidad. Pero, ¿Qué pasa cuando esa comunidad decide, como cuerpo, contribuir a la comunidad mayor?
Sucede que ambas salen fortalecidas porque el enriquecimiento es de doble vía. La segunda por la intervención concreta en la mejora de su calidad de vida. La primera, porque accede a una experiencia de plenitud que uno no puede alcanzar sólo por sí mismo.
Un poema de Octavio Paz lo dice de una manera inolvidable: “Para que pueda ser, he de ser otro; salir de mi, buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia”.
Esto es posiblemente lo que intuyen las familias que inician, como tales, una actividad solidaria.
La motivación inicial puede provenir del contagio espiritual de un amigo que ya se dedica a ello, de la voluntad de retribuir a la sociedad algo de lo que se ha recibido, del intento de ayudar de alguna manera a los demás ante la inequidad que vive el país.
Una familia que ayuda a construir una casa para otros que no la tienen, difícilmente luego se afligirá por cosas banales que le ocurran en su propio hábitat.
El valor de la otredad es ése: al contribuir a ella, se resignifica simultáneamente lo propio.
Quienes llevan adelante estas experiencias cuentan el inmenso aprendizaje que supone para todos los miembros. Pero no se trata sólo de una experiencia de aprendizaje sino también de alegría. Esa familia que, adolescentes incluidos, ayuda solidariamente, ha dejado de ser el último eslabón de una cadena y sienten que se integran a algo mayor.
Es tal vez, la alegría del cumplimiento de un mandato profundo, comprendido súbitamente de manera colectiva.
Fuente: Enrique Valiente Noailles
Filósofo