miércoles, 18 de marzo de 2009

MUJER

Afrontar los Cambios

La mediana edad se caracteriza por sus cambios.
Cuando entramos a la cuarta década de nuestra vida y rondamos entre los 45 y 50 años; se nos presenta una especial angustia. Estamos en el punto medio de nuestra existencia; si bien no suena ningún gong, nos empezamos a replantear distintas cosas.
Un sentimiento de inquietud nos envuelve al darnos cuenta de que llegamos al final del crecimiento y comenzamos a envejecer. Ya somos adultas, nuestras vidas adquirieron estabilidad. Es hora del balance serio para afrontar la otra mitad de nuestra vida.

Al comienzo de nuestra madurez, allá por los veinte años, estábamos demasiadas concentradas en el desafío externo como para mirarnos a nosotras mismas. A esa edad la búsqueda estaba concentrada en el afuera: comenzar una carrera, casarse, comprar una casa, tener hijos, y después…
En algún momento, entre los treinta y pico y cuarenta, nos preguntamos ¿Qué quiero ahora que hice lo que se suponía debía hacer?

Aunque es posible construir una vida más apasionada, de compromisos más profundos y relaciones más íntimas, alrededor de los cuarenta, la mayoría de nosotras estamos entrenadas para escaparnos de nosotras mismas y de los que amamos. El miedo y no la falta de imaginación explican por qué tantas personas conforman matrimonios infelices y empleos poco satisfactorios.
Es difícil cambiar los hábitos de toda una vida, pero no imposible. Depende de que nos atrevamos a revisar cuales son las cualidades que necesitamos modificar y que es lo que constituye para nosotros una vida provechosa.
La cercanía de los 50 años nos sacude y nos obliga a reajustar las estructuras de vida, las pautas de trabajo y vida familiar que formamos entre los veinte y treinta años. Es ahora cuando necesitamos revaluar nuestras profesiones, proyectos laborales y familiares para lograr seguridad y satisfacción en esta segunda mitad de vida.
Es inevitable cierto grado de desilusión. Desafiar valores, ilusiones, promesas, estructuras de vida etc., es un proceso fuerte y doloroso. El resultado es una sensación de pérdida de creencias firmes y esperanzas abiertas, y también una creciente libertad para ser lo que somos y lograr aquello que podemos ser.
La transición hacia la madurez es desgarradora, porque tomamos conciencia de que “el futuro es ahora”, que el presente no es el pasado en potencia, sino que hoy es el momento de la acción y de la elección.
Las mujeres que rondamos los cincuenta estamos desarregladas, y el desarreglo a pesar del dolor que causa, posee la fuerza creativa para impulsarnos a romper con un estilo de vida que ya parece no servirnos. La mediana edad no es tarde para un cambio personal y significativo. Esta crisis es una punzada fuerte, pero también puede servirnos de gong… si nos permitimos vibrar con el golpe certero que rompa con nuestras defensas, ayudándonos a reexaminar nuestras vidas por dentro y por fuera. Todavía es posible construir una vida más apasionada, de compromisos más profundos y relaciones más intimas, en esta segunda mitad de la vida. Sólo depende que nos atrevamos a revisar que necesitamos modificar para darle “pasión y sentido” a esta otra mitad de vida.

Fuente: Ps. Adriana Serebrenik