EL YARAVI
(Leyenda de Salta)
(Leyenda de Salta)
Chasca Ñaui (Ojos de lucero) era la hija menor de un matrimonio quichua que vivía en una tribu, entre las montañas del norte argentino.
Era una niña todavía, cuando un día oyó hablar de las virtudes de una laguna que se encontraba muy cerca de allí. Decían que la doncella que se bañara en sus aguas, encontraba el marido anhelado.
Chasca Ñaui creció, convirtiendose en una hermosa joven y entonces deseó, como las otras jóvenes de la tribu, tener alguien que la amara.
Una mañana, cuando los amancays y las retamas perfumaban el aire con sus flores, la joven decidió ir a la laguna y emprendió el camino. Cuando llegó, se quitó la túnica de combi (tela fina de vicuña) y poco a poco se fue sumergiendo en el agua con la esperanza de encontrar a su compañero.
De pronto, el lejano sonido de una quena le advirtió que alguien se acercaba.
Rápidamente salió de la laguna, se puso la túnica ciñéndola a su cintura con una faja de vivos colores, calzó sus pies con ojotas de cuero, arregló sus cabellos y los adornó con flores silvestres.
La voz de la quena sonaba cada vez más cerca y una dulce esperanza crecía en Chasca Ñaui.
Se sentó sobre una piedra cerca de la orilla y esperó. Por detrás de unas matas de chañar que interrumpían el camino, vio venir en su dirección a un joven apuesto. Tocaba la quena como nunca lo había hecho nadie en ese lugar; y su música llegaba a los oídos de Chasca Ñaui como un suave canto de amor.
Al verse, inclinaron sus rostros sonrientes en ademán de saludo y Hayri (veloz), que así se llamaba el muchacho, quedó enamorado de la joven.
Desde ese momento se vieron repetidas veces hasta que Hayri seguro de su profundo amor, le pidió a Chasca Ñaui que fuera su esposa.
Poco tiempo después se casaron y comenzaron a vivir felices en una cabaña próxima a un bosque.
Un día cuando el sol se ocultaba detrás de los cerros y regresaban los dos de una visita a la laguna, inesperadamente se les interpuso en el camino, un jefe español acompañado de sus soldados.
Pertenecían a las huestes de los conquistadores que habían ocupado el territorio, despojando a los Incas de sus tierras.
Al llegar junto a ellos, el jefe se detuvo impresionado por la belleza de Chasca Ñaui, y habituado a imponerse por la fuerza, la obligó a seguirlo.
Inútiles fueron los esfuerzos de Hayri por impedir que se la llevaran. El jefe español se alejó con la joven atravesada en cruz de su caballo, mientras algunos soldados azotaban al muchacho hasta dejarlo desvanecido en el suelo.
Cuando despertó, todos habían desaparecidos. De su esposa sólo quedaba en el suelo, pisoteadas, las flores que habían adornado su cabello. Las recogió y guardándoselas en la chuspa (bolsita) que colgaba de su faja, comenzó a buscarla sin tener en cuenta distancia ni peligros.
Pero jamás la encontró.
Era una niña todavía, cuando un día oyó hablar de las virtudes de una laguna que se encontraba muy cerca de allí. Decían que la doncella que se bañara en sus aguas, encontraba el marido anhelado.
Chasca Ñaui creció, convirtiendose en una hermosa joven y entonces deseó, como las otras jóvenes de la tribu, tener alguien que la amara.Una mañana, cuando los amancays y las retamas perfumaban el aire con sus flores, la joven decidió ir a la laguna y emprendió el camino. Cuando llegó, se quitó la túnica de combi (tela fina de vicuña) y poco a poco se fue sumergiendo en el agua con la esperanza de encontrar a su compañero.
De pronto, el lejano sonido de una quena le advirtió que alguien se acercaba.
Rápidamente salió de la laguna, se puso la túnica ciñéndola a su cintura con una faja de vivos colores, calzó sus pies con ojotas de cuero, arregló sus cabellos y los adornó con flores silvestres.
La voz de la quena sonaba cada vez más cerca y una dulce esperanza crecía en Chasca Ñaui.
Se sentó sobre una piedra cerca de la orilla y esperó. Por detrás de unas matas de chañar que interrumpían el camino, vio venir en su dirección a un joven apuesto. Tocaba la quena como nunca lo había hecho nadie en ese lugar; y su música llegaba a los oídos de Chasca Ñaui como un suave canto de amor.
Al verse, inclinaron sus rostros sonrientes en ademán de saludo y Hayri (veloz), que así se llamaba el muchacho, quedó enamorado de la joven.
Desde ese momento se vieron repetidas veces hasta que Hayri seguro de su profundo amor, le pidió a Chasca Ñaui que fuera su esposa.
Poco tiempo después se casaron y comenzaron a vivir felices en una cabaña próxima a un bosque.
Un día cuando el sol se ocultaba detrás de los cerros y regresaban los dos de una visita a la laguna, inesperadamente se les interpuso en el camino, un jefe español acompañado de sus soldados.
Pertenecían a las huestes de los conquistadores que habían ocupado el territorio, despojando a los Incas de sus tierras.
Al llegar junto a ellos, el jefe se detuvo impresionado por la belleza de Chasca Ñaui, y habituado a imponerse por la fuerza, la obligó a seguirlo.
Inútiles fueron los esfuerzos de Hayri por impedir que se la llevaran. El jefe español se alejó con la joven atravesada en cruz de su caballo, mientras algunos soldados azotaban al muchacho hasta dejarlo desvanecido en el suelo.
Cuando despertó, todos habían desaparecidos. De su esposa sólo quedaba en el suelo, pisoteadas, las flores que habían adornado su cabello. Las recogió y guardándoselas en la chuspa (bolsita) que colgaba de su faja, comenzó a buscarla sin tener en cuenta distancia ni peligros.
Pero jamás la encontró.
Entonces, desesperado e impotente, sabiendo que no volvería a verla, optó por irse a la laguna. Aquel lugar era todo lo que le quedaba de Chasca Ñaui. Ahí, sentado en el suelo, recostado en el grueso tronco de un árbol añoso pasaba las horas y los días tocando su quena; en cada nota iba reviviendo todo lo que había sucedido desde el momento en que se vieron por primera vez. Poco a poco la música de la quena se fue haciendo más triste, más melancólica, hasta fijarse en una melodía en la que reflejaba todo el dolor de su alma.Así sumido en esa terrible aflicción, su vida se fue apagando. En ningún momento dejó de tocar y la quena se calló con su último suspiro y deslizándose de su mano, fue a caer entre unas matas. Nadie la pudo encontrar cuando fueron en busca de Hayri.
Después de mucho tiempo, un joven indio que recorría el lugar encontró la quena y cuando se dispuso a tocarla, del instrumento sólo brotaba aquella melodía triste que creara Hayri antes de morir. Al escucharla en la tribu recordaron a la infortunada pareja:
“Dos amantes palomitas
Penan, suspiran y lloran,
Y en viejos árboles moran
A solas con su dolor”…
Así nació el Yaraví. Un cantar que expresa el dolor producido por una pena de amor.
Fuente: Leyendas Argentinas
Paulina Martínez – Eva Rey – Pirucha Romera
(Ed. Sigmar) Bs. As. – 1998