LA GRANDEZA DEL PERDÓN
Todas las religiones universales, tanto como los antropólogos, médicos y filósofos de la vida; han recomendado el perdón desde el inicio de los tiempos.
Se trata de uno de los toques de grandeza que enaltecen a un ser humano y le permiten acceder a su libertad interior, libre de rencores.
La palabra perdón proviene del latín: “per” (pasar por delante) (cruzar) y “donare” (donación) (regalo) que tiene su origen a su vez, en donum, que significa: hasta que se cumpla el tiempo estipulado.
La idea de perdón es entonces la de una condonación, remisión, cese de una falta u ofensa, o eximición de una culpa.
Para los psicólogos Seligman, Schulman; De Rubeis y Hollon, destacados especialistas en psicología positiva y terapia de aceptación y compromiso, una de las grandes tareas de este siglo será la creación de una ciencia de las “fortalezas humanas”, cuya misión principal se concentrará en la potenciación, entre los jóvenes, de la virtud de comprender.
La actuación preventiva de este movimiento impulsa a promulgar la existencia de un vigor espiritual que actúe como amortiguador ante los sufrimientos morales; como el coraje, el optimismo, la esperanza o la capacidad.
La psicología positiva se apoya en modelos tradicionales y considera que las contrariedades privadas no son tan importantes como la elección de conducir una vida centrándose en acciones valiosas. La impronta es volverse más flexible y pragmático con respecto a la felicidad relacionada con los demás, recordando las miserias y noblezas inherentes a la condición humana.
De ahí que se pueda afirmar, en una esperanzada proyección, que: “comprenderlo todo, es perdonarlo todo”.
Esta indulgencia parte del agraviado (aunque el agresor no se haya arrepentido) porque, en general es el más fuerte y el que, con humildad, pero firmeza, dispensa y vuelve a empezar. Pero perdonar es también y, sin discusión, olvidar, en la medida en que un ser humano pueda hacerlo. La arrogancia de perdonar, pero manteniendo vivo el fuego devorador de la afrenta, deteriora sin ennoblecer.
El acto de perdonar, en sí mismo, tiene su toque divino.
La poetisa chilena Gabriela Mistral, escindida por el suicidio prematuro del hombre amado, inmortalizó su poema “El ruego”; donde pide a Dios que absuelva al que partió sin esperar su signo; versos que también podrían aplicarse a la elevación que produce una generosa y abnegada disculpa.
Y dice:
¡Dí el perdón, dilo al fin!...
Va a esparcir en el viento la palabra;
el perfume de cien pomos de olores al vaciarse;
toda agua será deslumbramiento;
el yermo echará flor y el guijarro esplendores.
Se mojarán los ojos oscuros de las fieras,
y, comprendiendo, el monte que de piedra forjaste
llorará por los párpados blancos de sus neveras:
¡toda la tierra tuya sabrá que perdonaste!...

Todas las religiones universales, tanto como los antropólogos, médicos y filósofos de la vida; han recomendado el perdón desde el inicio de los tiempos.
Se trata de uno de los toques de grandeza que enaltecen a un ser humano y le permiten acceder a su libertad interior, libre de rencores.
La palabra perdón proviene del latín: “per” (pasar por delante) (cruzar) y “donare” (donación) (regalo) que tiene su origen a su vez, en donum, que significa: hasta que se cumpla el tiempo estipulado.
La idea de perdón es entonces la de una condonación, remisión, cese de una falta u ofensa, o eximición de una culpa.
Para los psicólogos Seligman, Schulman; De Rubeis y Hollon, destacados especialistas en psicología positiva y terapia de aceptación y compromiso, una de las grandes tareas de este siglo será la creación de una ciencia de las “fortalezas humanas”, cuya misión principal se concentrará en la potenciación, entre los jóvenes, de la virtud de comprender.
La actuación preventiva de este movimiento impulsa a promulgar la existencia de un vigor espiritual que actúe como amortiguador ante los sufrimientos morales; como el coraje, el optimismo, la esperanza o la capacidad.
La psicología positiva se apoya en modelos tradicionales y considera que las contrariedades privadas no son tan importantes como la elección de conducir una vida centrándose en acciones valiosas. La impronta es volverse más flexible y pragmático con respecto a la felicidad relacionada con los demás, recordando las miserias y noblezas inherentes a la condición humana.
De ahí que se pueda afirmar, en una esperanzada proyección, que: “comprenderlo todo, es perdonarlo todo”.
Esta indulgencia parte del agraviado (aunque el agresor no se haya arrepentido) porque, en general es el más fuerte y el que, con humildad, pero firmeza, dispensa y vuelve a empezar. Pero perdonar es también y, sin discusión, olvidar, en la medida en que un ser humano pueda hacerlo. La arrogancia de perdonar, pero manteniendo vivo el fuego devorador de la afrenta, deteriora sin ennoblecer.
El acto de perdonar, en sí mismo, tiene su toque divino.
La poetisa chilena Gabriela Mistral, escindida por el suicidio prematuro del hombre amado, inmortalizó su poema “El ruego”; donde pide a Dios que absuelva al que partió sin esperar su signo; versos que también podrían aplicarse a la elevación que produce una generosa y abnegada disculpa.
Y dice:
¡Dí el perdón, dilo al fin!...
Va a esparcir en el viento la palabra;
el perfume de cien pomos de olores al vaciarse;
toda agua será deslumbramiento;
el yermo echará flor y el guijarro esplendores.
Se mojarán los ojos oscuros de las fieras,
y, comprendiendo, el monte que de piedra forjaste
llorará por los párpados blancos de sus neveras:
¡toda la tierra tuya sabrá que perdonaste!...

Fuente: Noemí Carrizo
Profesora en Letras, periodista, escritora.