
DESIGUALDAD SOCIAL EN ARGENTINA
La educación rural es un claro indicador del grado de calidad de vida y desarrollo que una sociedad puede o no imprimirle al país que le da albergue. Cuando lo oculto o distante está bien; cuando existe una visión consensuada, planes y acciones en marcha, allí donde sus habitantes se encuentran dispersos o más alejados, el sentido comunitario crece y las condiciones de vida mejoran. Esto ocurre en diferentes lugares del mundo, incluso en algunas comunidades de nuestro país, aunque muchos no lo sepan o les cueste creerlo.
Quizás una de las claves se encuentre en nuestra capacidad colectiva de aprendizaje. Llegar a comprender que son muchas las visiones y que la confrontación de ideas debe transformarse en una puesta en común de objetivos. Siempre habrá puntos sobre los que no existirán dudas acerca del beneficio que aportan a la comunidad y, por ende, a cada uno de nosotros. Tendremos metas a corto, mediano y largo plazo, y mayores posibilidades de buenos resultados, de sólidos avances, de poder construir sobre lo ya hecho.
Pensar en red es concentrarse en obtener colectivamente lo que por sí solos no somos capaces de alcanzar. Como decía Piaget: “la inteligencia es aquello que usamos cuando no sabemos que hacer”. Son muchos los desafíos, pero uno que jugará un rol decisivo es vencer nuestra actual falta de capacidad para darle sentido crítico a las nuevas tecnologías y, por lo tanto, al mejor de los usos posibles para la humanidad.
Que ese impulso del que hablamos, que modifica nuestras vidas y el entorno natural, sirva para reducir brechas, no para ampliarlas. Que aquella ola con la que jugamos distraídamente no se convierta en un tsunami que pase por arriba – sin capacidad alguna de defensa – a la mayor parte de la población mundial. ¿O acaso alguien tiene dudas sobre esta situación?...
Quienes más sufrirán las consecuencias de los efectos de un uso descuidado o irresponsable de los recursos tecnológicos y naturales son los que menos tienen.
Vivir en la pobreza es no tener acceso a las herramientas o los recursos para organizarse y poder desarrollarse. Es recibir menor cantidad en términos de educación, salud, formación laboral, o directamente no recibirlas. Es sufrir en forma más directa y cruda los efectos del cambio climático, la contaminación o las catástrofes ambientales.
A igualdad de esfuerzos debería haber igualdad de posibilidades para mejorar las condiciones de vida, y es eso lo que no ocurre.
Basta como ejemplo analizar el esfuerzo que debe realizar un chico o un joven perteneciente a la comunidad aborigen para poder integrarse al mundo moderno. A su lengua materna (toba, quechua, wichi, etc.) debe sumarse luego el castellano, más tarde el inglés y paralelamente el lenguaje digital. No le alcanza con ser bilingüe, debe aprender cuatro idiomas. Todo esto sin una buena alimentación, ropa, calzado, sin posibilidad de acceder a una buena educación inicial, yendo a una escuela de turno simple, con pocos docentes, pocas horas de clases por día y menos jornadas de clases por año calendario, sin secundarios o terciarios a su alcance, sin informática, sin medios de transportes adecuados y teniendo que ayudar en su casa si es que ya no trabaja en el campo.
¿Qué niño o joven de ingresos medios o altos en una ciudad debe hacer semejante esfuerzo para aprender y progresar?...
Esa es la gran diferencia, esa es la brecha en la estructura social que debe quitarnos el sueño si queremos que nuestro país sea un lugar en el que nos enorgullezca vivir.
¿Por qué este análisis?...
Por que es imposible pretender solucionar u orientar lo micro, si no intentamos comprender que está ocurriendo en lo macro. Años atrás, muchos años, lo rural era lo macro, y lo urbano era lo micro. De hecho, durante la mayor parte de la historia de la humanidad la vida fue esencialmente rural.
El paradigma de agregación social cambió la balanza y la inclinó hacia el otro lado.
En Argentina esa línea se quebró desde hace tiempo y se estima que en los próximos 30 años, el cincuenta por ciento (50 %) de la población total vivirá en una franja de espacio que iría entre la ciudad de La Plata (Bs. As.) y la ciudad de Rosario (Santa Fe).
Se precisarán varios gobiernos y una activa participación ciudadana, de todos los sectores, para solucionar este problema.
La realización de una encuesta sobre “Educación y Desarrollo Rural” ayuda a comprender mejor cual es la visión de los docentes y directivos de escuelas rurales. Muchos datos recabados son de enorme importancia. Aportan información concreta en diferentes áreas que son claves para plantearnos como sociedad, cual es el lugar que le estamos dando al futuro de miles de familias y qué caminos, planes o acuerdos deberíamos transitar.
Algunos datos obtenidos aportan la siguiente información:
El diez por ciento (10%) de la matricula nacional en Educación, es del área rural. El ochenta y ocho por ciento (88%) de los jóvenes no tienen acceso a instancias de formación laboral en su comunidad. El noventa y seis por ciento (96 %) de los encuestados indicó que no hay programas de alfabetización digital en su escuela o comunidad. El ochenta y seis por ciento (86%) de las escuelas con alumnos de comunidades aborígenes no cuentan con docentes bilingües. El treinta y tres por ciento (33%) de los docentes tienen pocas posibilidades de capacitarse. Sólo el setenta y ocho por ciento (78%) de los docentes permanece más de tres años en sus cargos. El cincuenta y dos por ciento (52%) de las escuelas de la región noroeste (NOA) no tiene computadoras. El noventa y cuatro por ciento (94%) de las escuelas de la región noreste (NEA) cuentan con comedores escolares. El diecisiete por ciento (17%) de las escuelas patagónicas utilizan materiales didácticos proporcionados por la televisión.
El mapa que ilustra esta información muestra el porcentaje de matricula rural por región, sobre el total nacional, según datos del año 2007. Así, el veintidós por ciento (22%) corresponde a la matricula de la región NOA (Provincias de Catamarca, Jujuy, Salta, Santiago del Estero y Tucumán); el veintiún por ciento (21%) corresponde a la región NEA (Provincias de Corrientes, Chaco, Formosa y Misiones); el dieciséis por ciento (16%) corresponde a la región de Cuyo (Integrada por las provincias de La Rioja, Mendoza, San Juan y San Luis); el nueve por ciento (9%) corresponde a la región Patagónica (Provincias de Chubut, La Pampa, Neuquén, Río Negro, Santa Cruz y Tierra del Fuego); y sólo el cinco por ciento (5%) corresponde a la región Centro, integrada por las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos.
La mayoría de las aulas de las escuelas rurales argentinas cuentan con una infraestructura deficitaria; las construcciones muchas veces son de adobe; y la mayoría no cuentan con un ciclo de nivel secundario.
Fuente: Patricio Sutton
Director Ejecutivo de la Red Comunidades Rurales
www.comunidadesrurales.org
La educación rural es un claro indicador del grado de calidad de vida y desarrollo que una sociedad puede o no imprimirle al país que le da albergue. Cuando lo oculto o distante está bien; cuando existe una visión consensuada, planes y acciones en marcha, allí donde sus habitantes se encuentran dispersos o más alejados, el sentido comunitario crece y las condiciones de vida mejoran. Esto ocurre en diferentes lugares del mundo, incluso en algunas comunidades de nuestro país, aunque muchos no lo sepan o les cueste creerlo.
Quizás una de las claves se encuentre en nuestra capacidad colectiva de aprendizaje. Llegar a comprender que son muchas las visiones y que la confrontación de ideas debe transformarse en una puesta en común de objetivos. Siempre habrá puntos sobre los que no existirán dudas acerca del beneficio que aportan a la comunidad y, por ende, a cada uno de nosotros. Tendremos metas a corto, mediano y largo plazo, y mayores posibilidades de buenos resultados, de sólidos avances, de poder construir sobre lo ya hecho.
Pensar en red es concentrarse en obtener colectivamente lo que por sí solos no somos capaces de alcanzar. Como decía Piaget: “la inteligencia es aquello que usamos cuando no sabemos que hacer”. Son muchos los desafíos, pero uno que jugará un rol decisivo es vencer nuestra actual falta de capacidad para darle sentido crítico a las nuevas tecnologías y, por lo tanto, al mejor de los usos posibles para la humanidad.
Que ese impulso del que hablamos, que modifica nuestras vidas y el entorno natural, sirva para reducir brechas, no para ampliarlas. Que aquella ola con la que jugamos distraídamente no se convierta en un tsunami que pase por arriba – sin capacidad alguna de defensa – a la mayor parte de la población mundial. ¿O acaso alguien tiene dudas sobre esta situación?...
Quienes más sufrirán las consecuencias de los efectos de un uso descuidado o irresponsable de los recursos tecnológicos y naturales son los que menos tienen.
Vivir en la pobreza es no tener acceso a las herramientas o los recursos para organizarse y poder desarrollarse. Es recibir menor cantidad en términos de educación, salud, formación laboral, o directamente no recibirlas. Es sufrir en forma más directa y cruda los efectos del cambio climático, la contaminación o las catástrofes ambientales.
A igualdad de esfuerzos debería haber igualdad de posibilidades para mejorar las condiciones de vida, y es eso lo que no ocurre.
Basta como ejemplo analizar el esfuerzo que debe realizar un chico o un joven perteneciente a la comunidad aborigen para poder integrarse al mundo moderno. A su lengua materna (toba, quechua, wichi, etc.) debe sumarse luego el castellano, más tarde el inglés y paralelamente el lenguaje digital. No le alcanza con ser bilingüe, debe aprender cuatro idiomas. Todo esto sin una buena alimentación, ropa, calzado, sin posibilidad de acceder a una buena educación inicial, yendo a una escuela de turno simple, con pocos docentes, pocas horas de clases por día y menos jornadas de clases por año calendario, sin secundarios o terciarios a su alcance, sin informática, sin medios de transportes adecuados y teniendo que ayudar en su casa si es que ya no trabaja en el campo.
¿Qué niño o joven de ingresos medios o altos en una ciudad debe hacer semejante esfuerzo para aprender y progresar?...
Esa es la gran diferencia, esa es la brecha en la estructura social que debe quitarnos el sueño si queremos que nuestro país sea un lugar en el que nos enorgullezca vivir.
¿Por qué este análisis?...
Por que es imposible pretender solucionar u orientar lo micro, si no intentamos comprender que está ocurriendo en lo macro. Años atrás, muchos años, lo rural era lo macro, y lo urbano era lo micro. De hecho, durante la mayor parte de la historia de la humanidad la vida fue esencialmente rural.
El paradigma de agregación social cambió la balanza y la inclinó hacia el otro lado.
En Argentina esa línea se quebró desde hace tiempo y se estima que en los próximos 30 años, el cincuenta por ciento (50 %) de la población total vivirá en una franja de espacio que iría entre la ciudad de La Plata (Bs. As.) y la ciudad de Rosario (Santa Fe).
Se precisarán varios gobiernos y una activa participación ciudadana, de todos los sectores, para solucionar este problema.
La realización de una encuesta sobre “Educación y Desarrollo Rural” ayuda a comprender mejor cual es la visión de los docentes y directivos de escuelas rurales. Muchos datos recabados son de enorme importancia. Aportan información concreta en diferentes áreas que son claves para plantearnos como sociedad, cual es el lugar que le estamos dando al futuro de miles de familias y qué caminos, planes o acuerdos deberíamos transitar.
Algunos datos obtenidos aportan la siguiente información:
El diez por ciento (10%) de la matricula nacional en Educación, es del área rural. El ochenta y ocho por ciento (88%) de los jóvenes no tienen acceso a instancias de formación laboral en su comunidad. El noventa y seis por ciento (96 %) de los encuestados indicó que no hay programas de alfabetización digital en su escuela o comunidad. El ochenta y seis por ciento (86%) de las escuelas con alumnos de comunidades aborígenes no cuentan con docentes bilingües. El treinta y tres por ciento (33%) de los docentes tienen pocas posibilidades de capacitarse. Sólo el setenta y ocho por ciento (78%) de los docentes permanece más de tres años en sus cargos. El cincuenta y dos por ciento (52%) de las escuelas de la región noroeste (NOA) no tiene computadoras. El noventa y cuatro por ciento (94%) de las escuelas de la región noreste (NEA) cuentan con comedores escolares. El diecisiete por ciento (17%) de las escuelas patagónicas utilizan materiales didácticos proporcionados por la televisión.
El mapa que ilustra esta información muestra el porcentaje de matricula rural por región, sobre el total nacional, según datos del año 2007. Así, el veintidós por ciento (22%) corresponde a la matricula de la región NOA (Provincias de Catamarca, Jujuy, Salta, Santiago del Estero y Tucumán); el veintiún por ciento (21%) corresponde a la región NEA (Provincias de Corrientes, Chaco, Formosa y Misiones); el dieciséis por ciento (16%) corresponde a la región de Cuyo (Integrada por las provincias de La Rioja, Mendoza, San Juan y San Luis); el nueve por ciento (9%) corresponde a la región Patagónica (Provincias de Chubut, La Pampa, Neuquén, Río Negro, Santa Cruz y Tierra del Fuego); y sólo el cinco por ciento (5%) corresponde a la región Centro, integrada por las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos.
La mayoría de las aulas de las escuelas rurales argentinas cuentan con una infraestructura deficitaria; las construcciones muchas veces son de adobe; y la mayoría no cuentan con un ciclo de nivel secundario.
Fuente: Patricio Sutton
Director Ejecutivo de la Red Comunidades Rurales
www.comunidadesrurales.org