No es difícil encontrar en la columna de cualquier diario de circulación nacional, textos tales como:“la grave emergencia por la que atraviesa el país ha deteriorado severamente la calidad de vida de los ciudadanos, generando situaciones de creciente pobreza, inseguridad y exclusión” ; “ después de más de dos décadas de ejercicio ininterrumpido de democracia, la cuestión social continúa ocupando un lugar central en la vida política del país” ; “ la existencia de millones de personas sumidas en la pobreza y la miseria no se condicen con los niveles históricos de pobreza a los que estábamos acostumbrados”. Y que pensaríamos si al leer los matutinos encontráramos las siguientes expresiones: “la falta de un gobierno regular y eficaz para toda la República Argentina es la causa principal de su estado de pobreza y decadencia, que se toma como crisis económica “ ; “ es preciso salubrificar la moral nacional como se ha hecho con el aire” .
Las primeras tres frases pertenecen a épocas recientes, las últimas dos fueron publicadas en 1877 y pertenecen a Juan Bautista Alberdi.
Podríamos decir rápidamente que la pobreza y la crisis económica en la Argentina desde 1800 al 2007 han sido constantes. Y es verdad, y la historia lo comprueba. Pero lo que es peor, se han agravado.
Las teorías liberales de Adam Smith, de “la mano invisible” y “el derrame”, como la tesis opuesta utilizando el aparato estatal como herramienta de control, no han sido eficaces en la historia económica de nuestro país. Fácilmente comprobable hoy, por la gran cantidad de personas que han sido excluidas del modelo económico, del mercado laboral y de los derechos básicos incorporados en la Constitución de la Nación Argentina, en su artículo 14 bis principalmente.
En los últimos 25 años el mundo ha sufrido una transformación muy importante y vertiginosa, llamada globalización, cambiando la estructura social de los países. Nosotros hemos aprendido a articular cotidianamente palabras como: pobreza estructural; nuevos pobres; excluido social; sumergido; marginado del modelo; y otras palabras que ya forman parte del vocabulario diario. El conocimiento científico y la tecnología han hecho crisis en el trabajo humano y su forma de empleo asalariada. Estos cambios hacen necesario definir “estrategias políticas y sociales” en pos de mejorar el nivel y la calidad de vida de nuestra ciudadanía, con una participación solidaria de toda la comunidad para lograr una integración más efectiva, justa y evolucionada, logrando así un cambio cultural dentro de esta nueva generación del siglo XXI que debe tener un orden y un progreso positivo.
El mundo moderno generó un hombre libre y egocéntrico, con pérdida de los valores asociativos, de los movimientos sociales y de las luchas obreras. El capitalismo construyó una nueva sociedad pujante atada a los mercados, donde el trabajo alienante terminará con este mismo hombre sumido en la pobreza.
La destrucción del aparato productivo, en forma sistemática, desde tiempos inmemoriales; nos pone de cara a un desafío enorme: construir por primera vez “un país en serio”.
Las primeras tres frases pertenecen a épocas recientes, las últimas dos fueron publicadas en 1877 y pertenecen a Juan Bautista Alberdi.
Podríamos decir rápidamente que la pobreza y la crisis económica en la Argentina desde 1800 al 2007 han sido constantes. Y es verdad, y la historia lo comprueba. Pero lo que es peor, se han agravado.
Las teorías liberales de Adam Smith, de “la mano invisible” y “el derrame”, como la tesis opuesta utilizando el aparato estatal como herramienta de control, no han sido eficaces en la historia económica de nuestro país. Fácilmente comprobable hoy, por la gran cantidad de personas que han sido excluidas del modelo económico, del mercado laboral y de los derechos básicos incorporados en la Constitución de la Nación Argentina, en su artículo 14 bis principalmente.
En los últimos 25 años el mundo ha sufrido una transformación muy importante y vertiginosa, llamada globalización, cambiando la estructura social de los países. Nosotros hemos aprendido a articular cotidianamente palabras como: pobreza estructural; nuevos pobres; excluido social; sumergido; marginado del modelo; y otras palabras que ya forman parte del vocabulario diario. El conocimiento científico y la tecnología han hecho crisis en el trabajo humano y su forma de empleo asalariada. Estos cambios hacen necesario definir “estrategias políticas y sociales” en pos de mejorar el nivel y la calidad de vida de nuestra ciudadanía, con una participación solidaria de toda la comunidad para lograr una integración más efectiva, justa y evolucionada, logrando así un cambio cultural dentro de esta nueva generación del siglo XXI que debe tener un orden y un progreso positivo.
El mundo moderno generó un hombre libre y egocéntrico, con pérdida de los valores asociativos, de los movimientos sociales y de las luchas obreras. El capitalismo construyó una nueva sociedad pujante atada a los mercados, donde el trabajo alienante terminará con este mismo hombre sumido en la pobreza.

La destrucción del aparato productivo, en forma sistemática, desde tiempos inmemoriales; nos pone de cara a un desafío enorme: construir por primera vez “un país en serio”.
Una Argentina nueva, con visión positiva de futuro, con más trabajo y menos asistencialismo.
Si bien no es fácil mejorar en lo inmediato y generar respuestas a las demandas sociales formuladas por la gente; disponer de alternativas de trabajo o de programas adecuados a las circunstancias es necesario. Tampoco constituye una utopía elaborar un marco lógico donde se definan los ejes estratégicos de una política de Estado y una política social en materia de lucha contra la pobreza.
Aguste Comte considera a la sociedad como una estructura caracterizada por tres elementos fundamentales: individuo, familia y combinaciones sociales; y la Humanidad se configura por la unión de todos ellos. La Fe es uno de los grandes logros positivistas, el desarrollo de la metodología es otro, al igual que la superación. Hoy el rescate de ese hombre (individuo) y el de la familia se encuentra en las combinaciones sociales que han generado el llamado “ Tercer Sector”, donde se desarrollan también los movimientos de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) que han tomado a su cargo el rol que el Estado a dejado ausente, sobre todo en el área social y en la contención de los más pobres, de niños en extremo vulnerables y de los discapacitados sociales (conjunto heterogéneo de personas con diferentes capacidades para el trabajo productivo que no logran su inserción en el mercado laboral).
Las distintas Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) aportan al Estado nacional, provincial y municipal; su tiempo y su esfuerzo para paliar la crisis socioeconómica que nos asfixia cada vez más, sin tener mayor respuesta de quien debería ocuparse y preocuparse por generar el cambio rápido de la política social, utilizando la predisposición de las distintas OSC que han apoyado siempre al más desposeído con su trabajo continuo y silencioso.
En una democracia moderna, el protagonismo de la sociedad civil no se agota en una elección representativa y por ello necesita de otros mecanismos de participación directa y semidirecta para expresar su voluntad y defender sus derechos, como también así para aportar su cuota de conocimiento en el trabajo social y territorial de la comunidad careciente en la cual reside.
Es fundamental que las OSC se dispongan a participar en el diseño y la implementación de distintos “Programas de Ayuda con finalización en trabajo genuino”, para mejorar la calidad de vida de sus integrantes, realizar el seguimiento de los mismos y dar apoyo para que estos programas se sustenten y puedan replicarse. Estas mismas OSC deberían actuar en el seguimiento de los actos de gobierno como mecanismos eficaces para la lucha contra la corrupción y la ineficiencia del Estado. Ineficiencia probada a través de la crisis social y económica que atraviesa nuestro país y que ha pauperizado al pueblo argentino.
Si bien no es fácil mejorar en lo inmediato y generar respuestas a las demandas sociales formuladas por la gente; disponer de alternativas de trabajo o de programas adecuados a las circunstancias es necesario. Tampoco constituye una utopía elaborar un marco lógico donde se definan los ejes estratégicos de una política de Estado y una política social en materia de lucha contra la pobreza.
Aguste Comte considera a la sociedad como una estructura caracterizada por tres elementos fundamentales: individuo, familia y combinaciones sociales; y la Humanidad se configura por la unión de todos ellos. La Fe es uno de los grandes logros positivistas, el desarrollo de la metodología es otro, al igual que la superación. Hoy el rescate de ese hombre (individuo) y el de la familia se encuentra en las combinaciones sociales que han generado el llamado “ Tercer Sector”, donde se desarrollan también los movimientos de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) que han tomado a su cargo el rol que el Estado a dejado ausente, sobre todo en el área social y en la contención de los más pobres, de niños en extremo vulnerables y de los discapacitados sociales (conjunto heterogéneo de personas con diferentes capacidades para el trabajo productivo que no logran su inserción en el mercado laboral).
Las distintas Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) aportan al Estado nacional, provincial y municipal; su tiempo y su esfuerzo para paliar la crisis socioeconómica que nos asfixia cada vez más, sin tener mayor respuesta de quien debería ocuparse y preocuparse por generar el cambio rápido de la política social, utilizando la predisposición de las distintas OSC que han apoyado siempre al más desposeído con su trabajo continuo y silencioso.
En una democracia moderna, el protagonismo de la sociedad civil no se agota en una elección representativa y por ello necesita de otros mecanismos de participación directa y semidirecta para expresar su voluntad y defender sus derechos, como también así para aportar su cuota de conocimiento en el trabajo social y territorial de la comunidad careciente en la cual reside.
Es fundamental que las OSC se dispongan a participar en el diseño y la implementación de distintos “Programas de Ayuda con finalización en trabajo genuino”, para mejorar la calidad de vida de sus integrantes, realizar el seguimiento de los mismos y dar apoyo para que estos programas se sustenten y puedan replicarse. Estas mismas OSC deberían actuar en el seguimiento de los actos de gobierno como mecanismos eficaces para la lucha contra la corrupción y la ineficiencia del Estado. Ineficiencia probada a través de la crisis social y económica que atraviesa nuestro país y que ha pauperizado al pueblo argentino.
La creación de mecanismos alternativos de participación y concertación para que los actores no gubernamentales y las instituciones representativas aúnen esfuerzos y compartan junto al gobierno una misma agenda de trabajo, es de vital importancia. Sólo a través de un trabajo consensuado puede garantizárseles a los programas sociales las condiciones operativas y la estabilidad necesaria para que estos sean implementados en forma correcta. La experiencia de los últimos años demuestra con mucha claridad la inutilidad de convocar desde la política a las distintas expresiones colectivas de la sociedad, ya que así sólo se fomenta “el clientelismo”. El ámbito de participación debe ser de complementariedad entre el Estado y las Organizaciones de la Sociedad Civil, para articular, planificar y participar en las “Políticas Sociales”, esperando mejorar el panorama del presente, crecer, trabajar, crear y creer con mucha “Fe” que podemos vivir en un PAIS EN SERIO.
Las OSC deben ser estructuras cuantitativas y cualitativas innovadoras en nuestro país y es “responsabilidad” de las OSC la participación y el control social de su funcionamiento.
Los programas aportados al Gobierno Nacional desde la sociedad civil son una herramienta que el estado debe “evaluar” no como una simple tipología determinada en el libro de turno de los organismos extranjeros de financiamiento, sino como “espejo” de la realidad de un barrio o una comuna; una ciudad o una provincia, donde el principal aporte es la necesidad diaria, pero más importante aún es la necesidad de salir de una situación de “discapacitado social” que desde hace años los distintos gobiernos nos han llevado a vivir.
Los Programas de ayuda Social vigentes no sirven como herramienta útil para sus destinatarios y se transforman en mero asistencialismo que vuelven crónico el problema de la pobreza que desde el Estado se pretende combatir.
Los programas de “micro emprendimientos productivos”, sólo han llevado al micro emprendedor a la decepción y al fracaso, ya que el Estado no tiene una política económica para el desarrollo de esto emprendimientos, mostrándose como “exitosos” aquellos emprendimientos que terminan en ferias barriales, donde el emprendedor saca como resultado un grupo de amigos feriantes.
Los emprendimientos productivos deben dar paso a una nueva forma de empleo dentro de una nueva economía social. La empresa social como instrumento de creación de empleo en el ámbito de la exclusión, tiene como célula madre a la “empresa familiar”. Las distintas empresas familiares forman un “racimo productivo” donde un “tutor” asiste al racimo sosteniendo la red productiva. Los diferentes racimos constituyen un “conjunto universal de trabajo productivo” que será puesto en el mercado de consumo previo análisis y estudio del mercado, efectuado por un “ centro de iniciativas” (O.S.C. que abraza a los diferentes conjuntos universales de trabajo productivo). Para que esto concluya en éxito real y comience a ponerse en marcha el aparato productivo del país, emulando a otros países como Italia o España, el Estado debe ser el “coordinador” de la demanda y la provisión de medios para que se establezcan funciones operativas exitosas en bien del “interés colectivo” de la ciudadanía. Para ello el Estado debe tener o al menos intentar tener, una política económica social destinada a estos emprendimientos sociales productivos, e ir cambiando planes sociales por trabajo genuino; materia que para el Estado sigue pendiente.
Los programas aportados al Gobierno Nacional desde la sociedad civil son una herramienta que el estado debe “evaluar” no como una simple tipología determinada en el libro de turno de los organismos extranjeros de financiamiento, sino como “espejo” de la realidad de un barrio o una comuna; una ciudad o una provincia, donde el principal aporte es la necesidad diaria, pero más importante aún es la necesidad de salir de una situación de “discapacitado social” que desde hace años los distintos gobiernos nos han llevado a vivir.
Los Programas de ayuda Social vigentes no sirven como herramienta útil para sus destinatarios y se transforman en mero asistencialismo que vuelven crónico el problema de la pobreza que desde el Estado se pretende combatir.
Los programas de “micro emprendimientos productivos”, sólo han llevado al micro emprendedor a la decepción y al fracaso, ya que el Estado no tiene una política económica para el desarrollo de esto emprendimientos, mostrándose como “exitosos” aquellos emprendimientos que terminan en ferias barriales, donde el emprendedor saca como resultado un grupo de amigos feriantes.
Los emprendimientos productivos deben dar paso a una nueva forma de empleo dentro de una nueva economía social. La empresa social como instrumento de creación de empleo en el ámbito de la exclusión, tiene como célula madre a la “empresa familiar”. Las distintas empresas familiares forman un “racimo productivo” donde un “tutor” asiste al racimo sosteniendo la red productiva. Los diferentes racimos constituyen un “conjunto universal de trabajo productivo” que será puesto en el mercado de consumo previo análisis y estudio del mercado, efectuado por un “ centro de iniciativas” (O.S.C. que abraza a los diferentes conjuntos universales de trabajo productivo). Para que esto concluya en éxito real y comience a ponerse en marcha el aparato productivo del país, emulando a otros países como Italia o España, el Estado debe ser el “coordinador” de la demanda y la provisión de medios para que se establezcan funciones operativas exitosas en bien del “interés colectivo” de la ciudadanía. Para ello el Estado debe tener o al menos intentar tener, una política económica social destinada a estos emprendimientos sociales productivos, e ir cambiando planes sociales por trabajo genuino; materia que para el Estado sigue pendiente.
(Por: GENERACION 21)
