martes, 8 de septiembre de 2009

MUJER

Hablando de sexualidad

La cópula sexual entre los animales constituye un acto instintivo que asegura la reproducción de la especie. La sexualidad en el ser humano, tiene matices totalmente diferentes, que responde no solo a estímulos fisiológicos sino que también constituye un rasgo de fundamental importancia dentro de su acervo socio-cultural, y está relacionada con profundos sentimientos afectivos.
Para su normal desenvolvimiento, requiere de un exacto equilibrio de delicadas funciones orgánicas, dentro de un contexto de armonía psicoemocional.
Cuando estas funciones se resienten, la persona debe consultar sin dudar a su médico, que lo sabrá orientar convenientemente dentro de una amplia gama de recursos que la medicina de hoy le ofrece.
Todo conflicto que se plantee en el campo sexual significa un llamado de atención acerca de la forma en que se está encarando la vida en general y la relación de pareja en particular.
Esta señal de alerta, sin embargo, no siempre es atendida y, en algunos casos, sólo motiva la consulta al médico cuando la situación se torna ingobernable y ya trastocó la integridad del individuo y su vida afectiva.
Enfrentar los problemas sexuales a tiempo, sin dramatismos ni prejuicios, es la única forma de prevenir trastornos mayores que perturben la conducta, el equilibrio personal y el ajuste dentro de la pareja.
La sexualidad humana depende de la carga genética, la presencia de hormonas sexuales, la conformación anatómica de los genitales y, ante todo, del cerebro y el sistema nervioso central; encargado de procesar los impulsos eróticos y de reforzar o inhibir el reflejo cerebral.
La relación sexual está gobernada por actos voluntarios y reflejos. Estos últimos no pueden ser manejados por el ser humano, porque son regulados por el sistema nervioso y la función cerebral.
La sexualidad, como toda función atraviesa desde el inicio de su práctica por una serie de procesos de modulación, que se registra a nivel del sistema nervioso. Esta fabulosa central, comparable con la de un banco de datos, programa todos los estímulos provenientes del interior y del exterior del organismo (enseñanzas, sentimientos, percepciones del contexto) y en base a ellos le va dando una forma definitiva y cambiante a la función sexual y le permite adaptarse a cada uno de los momentos biológicos por los que atraviese el individuo.
Como la vida sexual se comparte, este principio de acomodación sexual es imprescindible, casi vital. El poder de adaptación y de reprogramación continua de los patrones de conductas hacen que el ser humano, con el correr de los años, pueda ajustar paulatinamente su actividad sexual y adecuarla a las distintas circunstancias.
Para poder tener una idea de la trascendencia de este concepto sólo basta repasar la experiencia pasada y comprobar que todos los actos sexuales difieren entre sí, ninguno es igual al anterior; por más que los protagonistas no cambien.


Fuente:
Dr. René Favaloro
(Fundación Favaloro)